La tercera temporada de Euphoria es una decepción que pierde la identidad de las dos anteriores. Previsible y con personajes desdibujados, parece más interesada en explotar el tirón comercial de Zendaya y Sydney Sweeney que en ofrecer un final digno a la serie. Especialmente sangrante es el tratamiento de Cassie: sus problemas quedan reducidos a una representación sexualizada, soez y burda, más preocupada por provocar que por profundizar en su sufrimiento.
La prostitución, la falsa libertad sexual y el problema del fentanilo en Estados Unidos merecían una reflexión más compleja. En su lugar, Levinson introduce una moralización religiosa que contrapone la fe y la familia cristiana a la degradación social, culminando en un final buenista y poco creíble. Más que cerrar Euphoria, parece traicionar su esencia para convertirla en un sermón.
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La tercera temporada de Euphoria es una decepción que pierde la identidad de las dos anteriores. Previsible y con personajes desdibujados, parece más interesada en explotar el tirón comercial de Zendaya y Sydney Sweeney que en ofrecer un final digno a la serie. Especialmente sangrante es el tratamiento de Cassie: sus problemas quedan reducidos a una representación sexualizada, soez y burda, más preocupada por provocar que por profundizar en su sufrimiento.
La prostitución, la falsa libertad sexual y el problema del fentanilo en Estados Unidos merecían una reflexión más compleja. En su lugar, Levinson introduce una moralización religiosa que contrapone la fe y la familia cristiana a la degradación social, culminando en un final buenista y poco creíble. Más que cerrar Euphoria, parece traicionar su esencia para convertirla en un sermón.