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Rivales intenta explorar la rivalidad y la tensión emocional, pero su enfoque forzado en la química sexual entre los personajes masculinos termina diluyendo la autenticidad de la historia.
Luca Guadagnino vuelve a jugar con cuerpos, tensiones y miradas en Rivales, pero esta vez el partido se le escapa por doble falta. La película presume de ser “la más sexy del año”, pero la sensualidad no basta cuando debajo hay un guion que patina más que una pista mal barrida.
La propuesta es atractiva: tenis, celos, ambición y un triángulo emocional que debería incendiar la pantalla. Y aunque Zendaya domina cada plano con una presencia magnética —quizá lo mejor de toda la función—, sus compañeros de pista no terminan de estar a la altura ni de justificar decisiones que rozan lo absurdo. Los personajes actúan como adolescentes incluso cuando ya son adultos, lo que convierte sus motivaciones en un ejercicio de paciencia más que de empatía.
El montaje con saltos temporales pretende ser sofisticado, pero termina siendo un truco vistoso sin demasiada profundidad. Visualmente, Guadagnino firma momentos elegantes, aunque las escenas de tenis —filmadas casi como un videojuego— carecen de la tensión, emoción o técnica que el deporte merece. Y lo peor: no transmiten lo fundamental, que era hacernos sentir el duelo emocional que subyace al partido.
La banda sonora de Reznor y Ross es, sin duda, lo más inspirado del proyecto: electrónica pulsante que sostiene la película cuando sus personajes no pueden hacerlo. Sin embargo, ni siquiera ese empuje musical evita que el desenlace caiga en la exageración y en un uso de cámara lenta que roza lo risible.
En resumen: Rivales tenía todos los ingredientes para ser un drama deportivo sensual y contundente, pero se queda en un culebrón premium, intenso por fuera y sorprendentemente vacío por dentro. Gustará a quien busque estética, ritmo y glamour; decepcionará a quien espere un guion sólido o personajes bien construidos.
Un partido entretenido… pero muy lejos del Grand Slam que prometía.
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Rivales intenta explorar la rivalidad y la tensión emocional, pero su enfoque forzado en la química sexual entre los personajes masculinos termina diluyendo la autenticidad de la historia.
Luca Guadagnino vuelve a jugar con cuerpos, tensiones y miradas en Rivales, pero esta vez el partido se le escapa por doble falta. La película presume de ser “la más sexy del año”, pero la sensualidad no basta cuando debajo hay un guion que patina más que una pista mal barrida.
La propuesta es atractiva: tenis, celos, ambición y un triángulo emocional que debería incendiar la pantalla. Y aunque Zendaya domina cada plano con una presencia magnética —quizá lo mejor de toda la función—, sus compañeros de pista no terminan de estar a la altura ni de justificar decisiones que rozan lo absurdo. Los personajes actúan como adolescentes incluso cuando ya son adultos, lo que convierte sus motivaciones en un ejercicio de paciencia más que de empatía.
El montaje con saltos temporales pretende ser sofisticado, pero termina siendo un truco vistoso sin demasiada profundidad. Visualmente, Guadagnino firma momentos elegantes, aunque las escenas de tenis —filmadas casi como un videojuego— carecen de la tensión, emoción o técnica que el deporte merece. Y lo peor: no transmiten lo fundamental, que era hacernos sentir el duelo emocional que subyace al partido.
La banda sonora de Reznor y Ross es, sin duda, lo más inspirado del proyecto: electrónica pulsante que sostiene la película cuando sus personajes no pueden hacerlo. Sin embargo, ni siquiera ese empuje musical evita que el desenlace caiga en la exageración y en un uso de cámara lenta que roza lo risible.
En resumen: Rivales tenía todos los ingredientes para ser un drama deportivo sensual y contundente, pero se queda en un culebrón premium, intenso por fuera y sorprendentemente vacío por dentro. Gustará a quien busque estética, ritmo y glamour; decepcionará a quien espere un guion sólido o personajes bien construidos.
Un partido entretenido… pero muy lejos del Grand Slam que prometía.