Un retrato sencillo y muy humano de la dignidad de la clase trabajadora, donde Ken Loach convierte una historia mínima —un padre intentando comprar el vestido de comunión de su hija— en un pequeño drama social lleno de verdad.
En la boca del miedo es una de esas películas que tienen una premisa fantástica: la idea de que la ficción pueda contaminar la realidad si suficientes personas creen en ella. Carpenter mezcla terror cósmico, literatura pulp y paranoia lovecraftiana en una historia que arranca con mucha fuerza y deja varias imágenes realmente potentes. El ambiente es inquietante, Sam Neill funciona muy bien como protagonista cada vez más desquiciado y el concepto de Sutter Cane como autor capaz de alterar el mundo tiene mucho encanto.
El problema es que la película no siempre logra sostener ese nivel. El ritmo es irregular y algunas escenas caen en un tono más cercano al pulp que al horror realmente perturbador. A ratos parece que estamos ante algo muy grande, y en otros momentos la ejecución se queda un poco corta para lo ambicioso de la idea.
Aun así, se deja ver con gusto y tiene suficiente personalidad como para destacar dentro del terror de los 90. Quizá no alcanza todo lo que promete, pero su mezcla de metaficción y horror cósmico sigue resultando bastante estimulante.
Nota: 6,6
Una propuesta de terror minimalista que apuesta por la incomodidad antes que por el susto fácil. Con muy pocos elementos —una casa aislada, dos niños y una madre vendada— la película construye una atmósfera inquietante que se vuelve cada vez más opresiva. Su ritmo pausado y su frialdad estética pueden resultar desesperantes para algunos espectadores, pero también refuerzan la sensación de extrañeza que recorre toda la historia. No busca entretener tanto como perturbar, y en ese terreno logra momentos realmente inquietantes.