Una herida abierta en blanco y negro
La chica de la aguja confirma que el cine escandinavo sigue siendo uno de los más valientes a la hora de abordar las miserias humanas sin concesiones. Magnus von Horn nos sumerge en la Copenhague devastada por la posguerra, donde la pobreza y la desesperanza no son simples telones de fondo, sino protagonistas silenciosos de cada plano. La historia de Karoline, interpretada con una mezcla desgarradora de vulnerabilidad y estoicismo por Victoria Carmen Sonne, es un viaje al abismo de la necesidad, la maternidad y la culpa, que incomoda y atrapa por igual.
La química entre Sonne y Trine Dyrholm, soberbia como la carismática y ambigua Dagmar, sostiene un relato que bascula entre el drama social y el thriller psicológico. La dirección, sobria y precisa, potencia cada gesto y cada silencio, mientras que la fotografía en blanco y negro, obra de Michal Dymek, convierte la suciedad y la penumbra en poesía visual, atrapándonos en un mundo donde la luz apenas se cuela entre las grietas.
Aunque la segunda mitad puede parecer más irregular en su ritmo, el film nunca pierde fuerza emocional. La dureza de algunas escenas está lejos de ser gratuita: es un golpe seco que obliga a mirar de frente la explotación y la miseria sin adornos ni filtros complacientes.
Von Horn nos recuerda, sin artificios, que la historia que cuenta no pertenece solo al pasado. La precariedad y la lucha por la supervivencia son heridas que siguen supurando, aunque las vistamos con ropajes más modernos. La chica de la aguja no es una película para todos los públicos, pero es una experiencia cinematográfica de las que dejan marca.
8/10 – Cruda, incómoda y necesaria.
No sé qué me esperaba de la película, pero lo que he visto no, bastante turbia y en mi opinión larga, además de que no me esperaba que fueran las 2 horas en blanco y negro