La película juega en una liga emocional muy concreta, la de las historias pequeñas que, sin levantar la voz, terminan calando hondo. Y ahí es donde funciona mejor. Muy cuidada visualmente, cálida y humana, con una clara intención de transmitir calma, pero también cierta melancolía. Lo mejor está en cómo transmite esa sensación de soledad moderna, especialmente en una sociedad como la japonesa donde las apariencias y los roles sociales pesan tanto. Hay escenas que, sin diálogo excesivo, dicen muchísimo: miradas, silencios, pequeños gestos… ahí es donde la película brilla de verdad.
Una película muy tierna en la que Brendan Fraser vuelve a demostrar sus capacidades y nos emociona con su puesta en escena. Gran historia.