El esperado primer largometraje en inglés de Almodóvar llega con todos los ingredientes de su cocina habitual: mujeres fuertes, mucho diálogo y ese toque estético tan reconocible. Pero tras la apariencia, lo que queda esta vez es bastante irregular.
La historia de Ingrid y Martha, dos amigas distanciadas por los años y las circunstancias, apunta alto: reflexiones sobre la muerte, la amistad y el paso del tiempo. Sin embargo, a pesar del talento del reparto (Swinton y Moore en un duelo de miradas y silencios), la película se siente fría, casi distante. Quizá porque Almodóvar, en su afán por internacionalizar su cine, pierde aquí algo de esa chispa emocional que solía traspasar la pantalla.
El guion apuesta por diálogos densos y cierta carga ideológica (con dardos a la derecha y a la Iglesia, como era de esperar), pero las conversaciones rara vez emocionan o sorprenden. El ritmo es pausado, a ratos desesperante, y uno tiene la sensación de estar asistiendo a un ensayo filmado más que a una película viva.
Eso sí, hay momentos visualmente poderosos (los copos de nieve rosas son puro Almodóvar) y destellos de brillantez en algunas escenas más íntimas. Pero el conjunto carece de la pasión y la autenticidad que hicieron grandes sus obras anteriores. Aquí todo parece demasiado pensado, demasiado medido, como si el director quisiera demostrar algo más que contar una historia desde el corazón.
En resumen: un filme elegante pero frío, con ambición pero sin alma. Gustará a los fans más fieles y a quienes busquen debates filosóficos sobre la vida y la muerte, pero deja con la sensación de que Almodóvar sigue intentando encontrar “la habitación de al lado” del genio… sin acabar de entrar del todo.
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El esperado primer largometraje en inglés de Almodóvar llega con todos los ingredientes de su cocina habitual: mujeres fuertes, mucho diálogo y ese toque estético tan reconocible. Pero tras la apariencia, lo que queda esta vez es bastante irregular.
La historia de Ingrid y Martha, dos amigas distanciadas por los años y las circunstancias, apunta alto: reflexiones sobre la muerte, la amistad y el paso del tiempo. Sin embargo, a pesar del talento del reparto (Swinton y Moore en un duelo de miradas y silencios), la película se siente fría, casi distante. Quizá porque Almodóvar, en su afán por internacionalizar su cine, pierde aquí algo de esa chispa emocional que solía traspasar la pantalla.
El guion apuesta por diálogos densos y cierta carga ideológica (con dardos a la derecha y a la Iglesia, como era de esperar), pero las conversaciones rara vez emocionan o sorprenden. El ritmo es pausado, a ratos desesperante, y uno tiene la sensación de estar asistiendo a un ensayo filmado más que a una película viva.
Eso sí, hay momentos visualmente poderosos (los copos de nieve rosas son puro Almodóvar) y destellos de brillantez en algunas escenas más íntimas. Pero el conjunto carece de la pasión y la autenticidad que hicieron grandes sus obras anteriores. Aquí todo parece demasiado pensado, demasiado medido, como si el director quisiera demostrar algo más que contar una historia desde el corazón.
En resumen: un filme elegante pero frío, con ambición pero sin alma. Gustará a los fans más fieles y a quienes busquen debates filosóficos sobre la vida y la muerte, pero deja con la sensación de que Almodóvar sigue intentando encontrar “la habitación de al lado” del genio… sin acabar de entrar del todo.